Escrito Por:
Alberto Meinhardt, Novelista & Storyteller
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Es curioso pensar en lo caprichoso que puede llegar a ser el calendario, si lo piensan bien, parece funcionar de formas diferentes según quien lo mire, puede hacernos creer que algunas cosas simples nos tomaran algunos días, cuando en realidad nos llevan años y, por el contrario, que ciertos procesos requieren años cuando, en realidad, basta con una combinación precisa de obsesión, intuición y tolerancia al riesgo, para que todo cambie de forma radical en cuestión de meses. Nueve meses no parecen demasiado, en los tiempos que corren, los días parecen pasar con tanta prisa que a veces sin darte cuenta una semana se ha ido para no volver, sin embargo, en nueve meses tambien pueden pasar muchas cosas, puedes ser padre, puedes construir un negocio, casarte, ganar la lotería. Nueve meses parecen ser el umbral entre un suspiro y una eternidad, un chasquido en la macro escala del universo, y pese a ello, un chasquido muy largo desde la última vez que visité El Valenciano.
Al pensar en eso, entré de inmediato en la página web de la revista y releí el artículo que escribimos sobre nuestra visita y conforme avanzaba en la lectura, me encontré a mí mismo sonriendo frente a la pantalla, pues los recuerdos de aquella tarde comenzaron a reproducirse en mi mente como una película de esas que no te cansas de ver por más que la repitas. De aquella tarde no recuerdo nada más que risas, mi padre se encontraba en Santiago, estábamos teniendo unas vacaciones de lujo y en medio de las tapas y la sangría, habíamos tenido el placer de conocer a José Gil, la cabeza detrás de todo el proyecto, un hombre con tanto que decir, que en aquella ocasión no lo detuvo ni siquiera una operación en las amígdalas, nos recibió como quien recibe a un familiar que viene desde lejos y nos regaló la posibilidad de sentirnos en casa a miles de kilómetros de distancia.
Quizá fue justo por ese motivo, que me abordó una curiosidad que no pude sacar de mi mente ni siquiera con el pasar de las horas, todo lo contario, conformé más minutos pasaban, más quería comprobar si todo había sido tan real como lo recordaba, porque siendo honestos, hay experiencias que, con el paso del tiempo, se suavizan en la memoria, se vuelven más amables, más redondas, casi perfectas, sobre todo cuando todos los recuerdos que guardas son maravillosos y llenos de alegría, tanto así que entonces surge una duda inevitable: ¿Era realmente así de bueno o fui yo quien la transformó?
Sin ser capaz de quedarme con esa pregunta vagando por mi mente, me puse en contacto con José, quien por supuesto me contestó con la efusividad que lo caracteriza. Charlamos por varios minutos y tras contarle lo que me ocurría no pudo contener la risa.
—Venga, hagamos algo, pasa por el MUT, nos juntamos, charlamos y si quieres te llevo a conocer la tercera sede que estamos construyendo en el Parque Arauco. —Me dijo— ¿Te viene bien el jueves? La verdad que tengo algo de tiempo libre.
Cuando lo escuché decir eso no pude sino quedarme en una sola pieza, ¿Tercera sede? Sabía que en el camino habían abierto la segunda, pero ¿La tercera? ¿En tan poco tiempo? Recordé entonces la primera vez que crucé el interior del Mercado Urbano Tobalaba para poder llegar al Valenciano, en ese entonces no eran más que un pequeño restaurante en el corazón del MUT, uno que al parecer tenía muy claro no solo quien era sino hacia donde iba. De hecho, para aquellos que leyeron el primer artículo no será ninguna sorpresa, pues dejamos muy claro desde el principio que dicho lugar tenía algo muy especial, más no sabía que estaba presenciando el inicio de algo que, apenas nueve meses después de haberlos visitado, ya no cabría en un solo espacio.
Tal vez por ese motivo fue que sentí el doble de ganas de volver a El valenciano, pero esta vez con una perspectiva distinta, dejando un poco de lado los fogones —No por mucho, os lo prometo— y dándole voz a eso que pocas veces apreciamos cuando nos enfocamos erróneamente solo en los resultados y casi omitimos el proceso, ese que todo el que aspira a la grandeza debe vivir le guste o no.
El jueves llegó y como no podía ser de otra manera, a falta de cinco minutos para la hora acordada yo ya me encontraba bajando las escaleras mecánicas con destino al -2 del MUT. Esta vez, llegaba siguiendo mis propios pies, no hubo una recomendación inesperada ni una llamada de último minuto; hubo un reencuentro y, como ocurre con ciertas personas, bastaron apenas unos minutos para entender que el tiempo no había hecho más que intensificar lo que ya estaba ahí desde el principio.
José Gil me esperaba con un café y un plan muy sencillo: Conversar un rato allí, dirigirnos en su auto hasta el segundo local, en el Mall Plaza Vespucio y una vez lo conociera, emprenderíamos nuestro camino hasta el tercer local en el Parque Arauco. Por supuesto me pareció tener una oportunidad de oro, después de todo, no todo el tiempo tienes la oportunidad de conocer dos nuevos restaurantes en un solo día de la mano de su propietario, sin embargo, más que apreciar el poder visitar dichos lugares, lo que me parecía un auténtico lujo era contar con su perspectiva, pues cuando se trata de escribir, siempre acabamos mostrando nuestra pequeña visión del mundo, aquello que somos capaces de ver mientras observamos todo bajo la propia lupa y en esta ocasión, tenía un acceso directo a la mente de su fundador, saber que era lo que pasaba por su cabeza y por su corazón durante las diferentes etapas que había cruzado. Fue entonces cuando comprendí que lo que se presentaba ante mí ya no era solo la posibilidad de constatar si mis recuerdos de aquella tarde en el Valenciano eran precisos, sino de dar un paso más allá de una simple segunda visita y escribir estas líneas ya no enfocado en compartirles aquello que tengo para decir, sino más bien en escuchar, y transmitir la visión de un genuino emprendedor.
Con eso en mente, tras darle un sorbo al espresso que tenía delante, aproveché esa calma previa a la hora del almuerzo cuando comienzan a llegar los primeros comensales, miré a José y le hice la primera pregunta que surgió en mi mente: ¿Siempre supiste que esto podía tener éxito? Al escuchar mi pregunta no hizo más que sonreír.
—Supongo que todo aquel que emprende espera tener éxito. —Dijo sin apartar la vista de su local— Si pensases que vas a fallar antes de siquiera comenzar, nadie sería capaz de dar ni siquiera el primer paso. Aun así, al principio para mí no fue nada más que una intuición, no sé cómo explicarlo, pero fue así. Tenía una idea, eso seguro, quería traer a Chile la gastronomía de mi pais, eso que nos encanta y de lo que nos sentimos tan orgullosos. Supongo que quería que otras personas tambien amaran algo que es importante para mí. Aun así, sí existe un momento que al recordarlo pienso que fue la primera vez que sentí que todo esto podía ser más que una intuición y que en efecto podíamos tener éxito.
—¿Cuándo fue? —Cuestioné curioso.
—Cuando abrimos acá en MUT, sin siquiera tener patente de alcohol y aun así la fila para el primer servicio le daba la vuelta al local. —Contestó sin titubear ni un segundo— Fue allí cuando supe que era más que una intuición o percepción mía.
—Pues vaya forma de darse cuenta. —Bromeé haciendo que se contagiara con mi risa— Aun así, si bien es cierto que ya llevaban varios meses atendiendo al público antes de mi primera visita, me parece extraordinario que, desde entonces, en tal solo nueve meses ya estén por abrir las puertas de un tercer local.
Guardé silencio por un momento mientras José me miraba curioso, como si supiese que tenía otra pregunta en mente. El tiempo, como bien lo dije al principio, no era más que algo del todo relativo y muchas cosas podían suceder en un intervalo como ese, pese a ello la pregunta que me saltaba a la mente era una vinculada a las dudas que te asaltan cuando algo se expande tan rápido, una que puede sentar mal a muchas personas si no la planteas de la forma correcta, pues podría percibirse incluso como una duda de sus capacidades y esa por supuesto no era la idea. Pese a ello, conociendo a José sabía perfectamente que podía preguntarle lo que quisiera sin demasiada parsimonia y el contestaría sin tomarse nada personal. Así que, sin darle muchos rodeos, le cuestioné como era posible crecer de esa manera sin dejar algo por el camino, si acaso no le preocupaba que en algún punto se perdiera ya no la esencia sino más bien ese sabor tan particular que lo caracterizaba.
Una vez más sin ápice de duda me sonrió y me contó que para empezar, el origen de todo venía desde España, ya no solo el concepto o las recetas, sino tambien los ingredientes, pues la mayoría de sus productos tienen denominación de origen, son y siempre serán un innegociable, por ello, teniendo ya una base con los mismos ingredientes y la misma receta, las posibilidades de que los sabores se perdieran por el camino eran casi nulas, más aun teniendo en consideración —Y me pareció muy inteligente— que el Valenciano cuenta con una cocina central donde se preparan muchos de los platillos que se comen sin importar la sede en la que te encuentres.
Tras acabar mi café, José me preguntó si ya estaba listo para que emprendiéramos nuestra aventura y tras decirle que estaba más que listo, nos dirigimos al estacionamiento, nos subimos a su auto y fijamos la dirección hacia su segundo local. Fue ahí, entre calles, semáforos y conversaciones que no necesitaban introducción, donde comenzó realmente esta segunda visita para mí. Santiago se reveló de una forma distinta aquella tarde. No como una ciudad que se recorre, sino como un mapa que se despliega frente a tus ojos, uno en el cual se marcan varios tesoros a la espera de que los descubras. Cada trayecto tenía un destino claro, pero también una intención más profunda y si bien la de José era mostrarme con orgullo todo aquello que han sido capaces de crear con su esfuerzo, mi intención era la de entender cómo una idea que nació en una esquina concreta del MUT había logrado expandirse sin perder su centro y el segundo local apareció como una confirmación. No era una réplica exacta, pero tampoco lo pretendía. Había en él una seguridad distinta, menos necesidad de demostrar, más claridad en lo que debía ser. El espacio era mucho mayor, en una ubicación idónea para demostrar su identidad. La cocina y la barra eran considerablemente más grandes y frente a ella se desplegaban con total naturalidad un gran número de mesas, resguardadas bajo toldos rojos, como auténticos lugares de reposo bajo un gran árbol noble. Allí, todo era alusivo a España, desde su decoración bien planteada hasta las fotos de sus tablados, todo te hacia respirar un aire a cultura en el que casi podías sentir el mediterráneo.
Comprendí entonces que, si el primer espacio hubiese sido una declaración de intenciones, este sin temor a equivocarme era una gran respuesta. Sin embargo, fue el tercer destino el que, al menos para mí, terminó de darle sentido a todo. Aún en obras, aún cubierto por ese lenguaje silencioso del concreto, los andamios y los espacios por terminar, el nuevo local en el Mall Parque Arauco no necesitaba estar abierto para decir lo que iba a ser, bastaba solo con mirar hacia arriba. El rooftop se abría como una promesa, frente a nosotros, el Parque Araucano extendía su verde como un contrapunto perfecto a los edificios de cristal que se alzaban al otro lado del mismo, reflejando una ciudad que, de alguna manera, parecía acompañar y custodiar el crecimiento del proyecto. Era, sin duda, el más grande de los tres, pero no era solo una cuestión de tamaño, era una genuina declaración de ambición.
He de decir que hay algo particularmente revelador al ver un lugar antes de que exista del todo. Sin clientes, sin música, sin platos sobre la mesa, lo único que queda es la intención y en ese silencio, todo se vuelve más evidente, no hay nada que distraiga, no hay nada que te robe la atención y la aparte de aquello que es importante. Mientras caminábamos entre estructuras aún sin terminar, recordé inevitablemente aquella primera conversación, aquella energía que entonces parecía promesa y que ahora se había convertido en evidencia. Fue ahí donde entendí que la verdadera pregunta no era cómo había crecido El Valenciano, no. La pregunta era otra, era: ¿Cómo no iba a hacerlo?
Algo que siempre he tenido muy presente, una idea que he plasmado en mis libros, a través de mis personajes, es que, si bien hay muchas formas de medir el éxito, de ninguna manera viene sin haber dejado partes de ti en el camino, no podemos ganar una vida sin dejar una atrás, tanto como no se puede obtener nada sin sacrificar algo primero. Todo el mundo es capaz de ver los nuevos locales, las mesas llenas o las cocinas sin descanso, pero lo que nadie ve son las noches de insomnio, las dudas en esos días que todo parece ir mal o la resiliencia para no dejarte caer cuando surgen los contratiempos. El Valenciano es fruto de una intuición, sí; pero su éxito es el fruto de muchos sacrificios, de haber dejado toda una vida atrás, a tus amigos, a tu familia, todo aquello que conocías y era parte de tu día a día, para dar un paso hacia lo desconocido y emprender un proyecto en tierras ajenas con esperanzas de algún día también llamarlas tuyas.
Horas más tarde, de vuelta entre mesas, copas y ese murmullo constante que solo existe en los lugares que funcionan, todo encajaba con una naturalidad inquietante. El alma seguía intacta. Ese “sabor que los representa” del que tanto se habla cuando un proyecto comienza a expandirse, ese que tantas veces se pierde en el camino, aquí no solo permanecía: parecía haberse afinado. Ya no era reproducción, era continuidad. Las tapas que pedí y compartí seguían contando la misma historia que siempre, pero con una seguridad muy distinta, como si cada plato ya no necesitase convencer nadie, sino simplemente existir y en medio de todo eso, José Gil observaba. No desde la distancia, sino más bien desde ese lugar invisible en el que están quienes entienden que el éxito no ocurre cuando las mesas están llenas, sino cuando cada persona que se sienta en ellas se lleva algo más que una buena comida. Fue él mismo quien dijo que para él el éxito no se trataba de cuantos locales abriese o de que tan amplio fuese el abanico de posibilidades del Valenciano, no. Él más bien estaba obsesionado con la idea de cómo su cocina y su cultura impactaría en el imaginario colectivo de los chilenos, cuestionándose si algún día, cuando un grupo de amigos piense en una salida grupal a comer se les antojaría la comida de su país y si acaso al pensar en gastronomía española lo primero que saltaría a su mente sería el Valenciano, pues allí sería donde radicaría el éxito para él.
Al salir, con la noche ya instaurada y la luna sobre Santiago, en medio del silencio aun lograba escuchar el bullicio de las mesas, las risas de mis acompañantes, el sabor de una cena difícil de olvidar. El aire era frío, como recordando que el otoño estaba cada vez más presente y tras emprender mi camino a casa, pensé en algo que no había considerado la primera vez que estuve allí; pensé que crecer es inevitable cuando las cosas se hacen bien, pero crecer sin perderse… Esa sí que es otra historia. Quizá, precisamente al comprenderlo fue que decidí dedicarles estás letras, pues nueve meses después de escribir el primer artículo, volver a El Valenciano no se sintió como repetir una experiencia, fue más bien verla transformarse. Lo que antes era descubrimiento, ahora es confirmación; lo que antes era promesa, ahora es estructura y lo que antes cabía en un solo espacio, hoy empieza a ocupar una ciudad entera. Sin embargo, lo verdaderamente importante como bien lo dijo José, no está en el número de locales, está en algo mucho más difícil de obtener y, sobre todo, sostener: La identidad.
No me queda nada más que agradecerle a José, no solo por el tour a través de sus restaurantes sino por permitirme comprender un poco más su visión de la vida, la gastronomía y los negocios. Es un auténtico orgullo saber que hay españoles por el mundo dejando en alto la bandera con sus ideas y emprendimientos; y por supuesto a todo el personal de “El Valenciano” por haber sido tan pacientes a la hora de tenerme en sus cocinas tomando fotos y grabando videos, gracias por su disposición y buen trato.
Por
El Valenciano
Cocina Española Contemporánea
MUT - Mercado Urbano Tobalaba. Apoquindo 2730, Piso 2.
Mall Plaza Vespucio. Nivel 1, Mercado del 14. Froilán Roa 7205.
Rooftop El Valenciano
Mall Parque Arauco Santiago | Próxima Apertura.
Santiago de Chile. Chile
Teléfono:
+56 93 244 58 38
HORARIO
De Martes a Domingo con horario continuado 10:30-24:00 hrs
Lunes cerrados