La Revista Gastronómica

Exploramos la excelencia culinaria a través de la lente de los mejores restaurantes del mundo

𝐋𝐚 𝐦𝐞𝐬𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐮́𝐧: 𝐥𝐚 𝐑𝐮𝐭𝐚 𝐌𝐚𝐫𝐞 𝐍𝐨𝐬𝐭𝐫𝐮𝐦 𝐲 𝐥𝐚 𝐠𝐚𝐬𝐭𝐫𝐨𝐧𝐨𝐦𝐢́𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐟𝐫𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐝𝐞 𝐛𝐚𝐭𝐚𝐥𝐥𝐚 𝐩𝐨𝐫 𝐞𝐥 𝐌𝐞𝐝𝐢𝐭𝐞𝐫𝐫𝐚́𝐧𝐞𝐨.

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 Artículo de opinión por Antonio Colsa.

Pocas geografías concentran una paradoja tan evidente como el Mediterráneo. En su punto más estrecho, el Estrecho de Gibraltar apenas separa Europa y África por catorce kilómetros. Nunca fue una distancia suficiente para impedir el intercambio de mercancías, conocimientos, lenguas o formas de entender el mundo. Sin embargo, hoy ese mismo espacio se ha convertido en una de las fronteras más vigiladas y politizadas del planeta.

La plena aplicación, en junio de 2026, del nuevo Pacto Europeo de Migración y Asilo representa un paso más en esa transformación. Diversas organizaciones de derechos humanos han advertido del riesgo de que estas medidas reduzcan las garantías del derecho de asilo, mientras distintos centros de análisis señalan que el debate político europeo se desplaza cada vez con mayor claridad hacia una lógica de contención antes que de acogida.

No se trata de negar que los Estados deban gestionar sus fronteras. Sería una simplificación tan ingenua como pensar que cualquier fenómeno migratorio puede resolverse únicamente desde la solidaridad. Pero también resulta evidente que 𝐜𝐮𝐚𝐧𝐝𝐨 𝐞𝐥 𝐌𝐞𝐝𝐢𝐭𝐞𝐫𝐫𝐚́𝐧𝐞𝐨 𝐞𝐦𝐩𝐢𝐞𝐳𝐚 𝐚 𝐬𝐞𝐫 𝐜𝐨𝐧𝐜𝐞𝐛𝐢𝐝𝐨 𝐞𝐱𝐜𝐥𝐮𝐬𝐢𝐯𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐮𝐧 𝐩𝐫𝐨𝐛𝐥𝐞𝐦𝐚 𝐝𝐞 𝐬𝐞𝐠𝐮𝐫𝐢𝐝𝐚𝐝, 𝐝𝐞𝐣𝐚 𝐝𝐞 𝐞𝐧𝐭𝐞𝐧𝐝𝐞𝐫𝐬𝐞 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐥𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐡𝐢𝐬𝐭𝐨́𝐫𝐢𝐜𝐚𝐦𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐡𝐚 𝐬𝐢𝐝𝐨: 𝐮𝐧 𝐞𝐬𝐩𝐚𝐜𝐢𝐨 𝐝𝐞 𝐜𝐢𝐯𝐢𝐥𝐢𝐳𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐜𝐨𝐦𝐩𝐚𝐫𝐭𝐢𝐝𝐚.

Frente a ese endurecimiento normativo, un manifiesto reciente propone algo aparentemente modesto pero que merece leerse con atención: el de la 𝐀𝐬𝐨𝐜𝐢𝐚𝐜𝐢𝐨́𝐧 𝐑𝐮𝐭𝐚 𝐌𝐚𝐫𝐞 𝐍𝐨𝐬𝐭𝐫𝐮𝐦, que plantea convertir la gastronomía en herramienta de protección biológica, cultural y, en última instancia, política del Mediterráneo. No es un gesto aislado ni una ocurrencia de marketing territorial. Es, más bien, la constatación de que la batalla por el futuro de esta cuenca no se libra solo en los despachos de Bruselas o en los tribunales europeos, sino también —y de forma muy concreta— en los mercados, en las cocinas y en las mesas de quienes viven a uno y otro lado del mar.

𝐔𝐧 𝐨𝐛𝐬𝐞𝐫𝐯𝐚𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨, 𝐧𝐨 𝐮𝐧𝐚 𝐠𝐮𝐢́𝐚

El manifiesto de la Ruta Mare Nostrum, presentado bajo el lema «30 Voces, Un Solo Mar», define la entidad no como una guía gastronómica al uso sino como un «Observatorio de Integridad»: un espacio que certifica los lugares donde la excelencia culinaria se cruza con la soberanía alimentaria y la salud pública.

Su Decálogo —el Pacto del Mediterráneo 2025— articula diez principios que van desde la regeneración de la biodiversidad marina y la protección de la posidonia hasta la soberanía del pequeño productor, pasando por la cooperación transfronteriza y la salvaguarda del patrimonio inmaterial. El documento, firmado por su presidente, Beto Navarro, insiste en una idea que conviene subrayar: la excelencia gastronómica no es un fin en sí mismo, sino «𝐮𝐧 𝐦𝐞𝐝𝐢𝐨 𝐩𝐚𝐫𝐚 𝐞𝐥𝐞𝐯𝐚𝐫 𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐝𝐞 𝐯𝐢𝐝𝐚 𝐝𝐞 𝐥𝐨𝐬 𝐜𝐢𝐮𝐝𝐚𝐝𝐚𝐧𝐨𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐌𝐞𝐝𝐢𝐭𝐞𝐫𝐫𝐚́𝐧𝐞𝐨».

Esa idea se sostiene sobre algo muy tangible: 𝐥𝐚 𝐝𝐞𝐬𝐩𝐞𝐧𝐬𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐮́𝐧 𝐝𝐞 𝐚𝐦𝐛𝐚𝐬 𝐨𝐫𝐢𝐥𝐥𝐚𝐬. El trigo, el aceite de oliva y la vid constituyen una tríada que es, literalmente, el mismo ADN agrícola a un lado y otro del Estrecho; 𝑢𝘯 𝘤𝑎𝘮𝑝𝘦𝑠𝘪𝑛𝘰 𝘥𝑒 𝑙𝘢 𝘤𝑎𝘮𝑝𝘪𝑛̃𝘢 𝘢𝑛𝘥𝑎𝘭𝑢𝘻𝑎 𝑐𝘰𝑚𝘱𝘢𝑟𝑡𝘦 𝘤𝑜𝘯 𝘶𝑛𝘰 𝘥𝑒𝘭 𝘔𝑎𝘨𝑟𝘦𝑏 𝑜 𝑑𝘦𝑙 𝐿𝘦𝑣𝘢𝑛𝘵𝑒 𝑢𝘯𝑎 𝑏𝘢𝑠𝘦 𝘱𝑟𝘰𝑑𝘶𝑐𝘵𝑖𝘷𝑎 𝑞𝘶𝑒 𝑙𝘢𝑠 𝑓𝘳𝑜𝘯𝑡𝘦𝑟𝘢𝑠 𝑝𝘰𝑙𝘪́𝑡𝘪𝑐𝘢𝑠 𝑚𝘰𝑑𝘦𝑟𝘯𝑎𝘴 𝘯𝑜 ℎ𝘢𝑛 𝑙𝘰𝑔𝘳𝑎𝘥𝑜 𝑠𝘦𝑝𝘢𝑟𝘢𝑟. Y los productos que hoy llamamos «propios» —la berenjena, el azafrán, el arroz, los cítricos, los garbanzos— llegaron de Oriente a Occidente a lo largo de siglos de intercambio.

𝙇𝒂 𝒄𝙤𝒄𝙞𝒏𝙖 𝙢𝒆𝙙𝒊𝙩𝒆𝙧𝒓𝙖́𝒏𝙚𝒂 𝒏𝙤 𝙚𝒔, 𝙚𝒏 𝒆𝙨𝒆 𝒔𝙚𝒏𝙩𝒊𝙙𝒐, 𝙪𝒏 𝒑𝙖𝒕𝙧𝒊𝙢𝒐𝙣𝒊𝙤 𝙦𝒖𝙚 𝙘𝒂𝙙𝒂 𝒏𝙖𝒄𝙞𝒐́𝙣 𝙙𝒆𝙗𝒂 𝒅𝙚𝒇𝙚𝒏𝙙𝒆𝙧 𝙙𝒆 𝒔𝙪𝒔 𝒗𝙚𝒄𝙞𝒏𝙤𝒔, 𝙨𝒊𝙣𝒐 𝒍𝙖 𝙥𝒓𝙪𝒆𝙗𝒂 𝒎𝙖𝒕𝙚𝒓𝙞𝒂𝙡 𝙙𝒆 𝒒𝙪𝒆 𝒆𝙨𝒕𝙖𝒔 𝒔𝙤𝒄𝙞𝒆𝙙𝒂𝙙𝒆𝙨 𝙨𝒆 𝒉𝙖𝒏 𝒄𝙤𝒏𝙨𝒕𝙧𝒖𝙞𝒅𝙤 𝙝𝒊𝙨𝒕𝙤́𝒓𝙞𝒄𝙖𝒎𝙚𝒏𝙩𝒆 𝒎𝙚𝒅𝙞𝒂𝙣𝒕𝙚 𝙚𝒍 𝒊𝙣𝒕𝙚𝒓𝙘𝒂𝙢𝒃𝙞𝒐, 𝙣𝒐 𝒎𝙚𝒅𝙞𝒂𝙣𝒕𝙚 𝙡𝒂 𝒔𝙚𝒑𝙖𝒓𝙖𝒄𝙞𝒐́𝙣.

Esta lectura conecta directamente con uno de los ejes del propio manifiesto, el de los «Embajadores de Patrimonio», encargados de proteger el capital intelectual y los oficios ancestrales para que la sabiduría milenaria sobre la gestión de recursos marinos y terrestres se integre en la educación moderna. No se trata de folclore: se trata de transmitir, generación tras generación, una forma de relación con el territorio y con el vecino que la dieta mediterránea —reconocida por la UNESCO como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad— codifica mejor que ningún tratado.

𝐂𝐨𝐦𝐞𝐫 𝐣𝐮𝐧𝐭𝐨𝐬 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐚𝐜𝐭𝐨 𝐩𝐨𝐥𝐢́𝐭𝐢𝐜𝐨

Hay una frase que resume bien el segundo nivel de esta reflexión: 𝗻𝗼 𝗻𝗼𝘀 𝘀𝗲𝗻𝘁𝗮𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝗹𝗮 𝗺𝗲𝘀𝗮 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗲𝗿, 𝘀𝗶𝗻𝗼 𝗽𝗮𝗿𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗲𝗿 𝗷𝘂𝗻𝘁𝗼𝘀. Cuando la UNESCO distinguió la dieta mediterránea, no premió únicamente unos ingredientes o una pirámide nutricional, sino un valor social: 𝒍𝒂 𝒕𝒓𝒂𝒏𝒔𝒎𝒊𝒔𝒊𝒐́𝒏 𝒅𝒆 𝒔𝒂𝒃𝒆𝒓𝒆𝒔 𝒆𝒏𝒕𝒓𝒆 𝒈𝒆𝒏𝒆𝒓𝒂𝒄𝒊𝒐𝒏𝒆𝒔, 𝒆𝒍 𝒎𝒆𝒓𝒄𝒂𝒅𝒐 𝒅𝒆 𝒑𝒓𝒐𝒙𝒊𝒎𝒊𝒅𝒂𝒅, 𝒆𝒍 𝒕𝒊𝒆𝒎𝒑𝒐 𝒄𝒐𝒎𝒑𝒂𝒓𝒕𝒊𝒅𝒐 𝒂𝒍𝒓𝒆𝒅𝒆𝒅𝒐𝒓 𝒅𝒆 𝒖𝒏 𝒈𝒖𝒊𝒔𝒐. En toda la cuenca, del té moruno al vino andaluz, la comida funciona como puerta de entrada hacia el otro. Es, dicho con crudeza, una herramienta de desescalada frente a discursos que tienden cada vez más a dividir: es difícil sostener el miedo o el rechazo hacia alguien con quien se ha compartido la preparación de un plato o una sobremesa.

El manifiesto de la Ruta Mare Nostrum recoge esta intuición en su eje de «Embajadores de Honor», dedicados a la diplomacia y la prosperidad, con el objetivo de construir un modelo de «Turismo de Custodia» que proteja la singularidad de las culturas locales frente a la masificación y convierta el prestigio de la ruta gastronómica en factor de paz y desarrollo económico regional. Es una formulación cautelosa, casi técnica, pero que apunta a algo más profundo: la cooperación cultural y económica entre las dos orillas no es solo deseable, es una alternativa real frente a un Mediterráneo gestionado únicamente como perímetro de seguridad.

𝐋𝐚 𝐯𝐨𝐳 𝐝𝐞𝐭𝐫𝐚́𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐨𝐛𝐬𝐞𝐫𝐯𝐚𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨

En una entrevista reciente publicada en #catasdearte.es, Beto Navarro, crítico gastronómico con casi quince años de trayectoria y presidente de la Ruta Mare Nostrum, insiste en que el proyecto no es una guía al uso ni un listado de restaurantes, sino lo que él mismo define como un «𝐨𝐛𝐬𝐞𝐫𝐯𝐚𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨 𝐝𝐞 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐠𝐫𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐠𝐚𝐬𝐭𝐫𝐨𝐧𝐨́𝐦𝐢𝐜𝐚» alineado con el Pacto del Mediterráneo 2025. Navarro explica que la evaluación se apoya en tres pilares —𝐢𝐝𝐞𝐧𝐭𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐲 𝐭𝐞𝐫𝐫𝐢𝐭𝐨𝐫𝐢𝐨, 𝐭𝐞́𝐜𝐧𝐢𝐜𝐚 𝐚𝐥 𝐬𝐞𝐫𝐯𝐢𝐜𝐢𝐨 𝐝𝐞𝐥 𝐩𝐫𝐨𝐝𝐮𝐜𝐭𝐨 𝐲 𝐬𝐨𝐬𝐭𝐞𝐧𝐢𝐛𝐢𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐡𝐮𝐦𝐚𝐧𝐚 𝐲 𝐦𝐞𝐝𝐢𝐨𝐚𝐦𝐛𝐢𝐞𝐧𝐭𝐚𝐥— y subraya que el alcance de la Ruta no se limita a la alta cocina: incluye productores artesanales, bodegas, almazaras y proyectos de investigación marina a lo largo de toda la cuenca, «de la Península Ibérica al Mediterráneo oriental». Significativamente, Navarro ha cedido a la asociación su archivo personal de crítica gastronómica, acumulado durante casi quince años, como garantía documental de la independencia del proyecto. Ese gesto refuerza la idea de fondo que recorre todo el manifiesto: la Ruta no aspira a ser un sello comercial, sino una infraestructura de criterio y memoria al servicio de la cuenca mediterránea.

𝐏𝐨𝐫 𝐪𝐮𝐞́ 𝐧𝐨 𝐛𝐚𝐬𝐭𝐚 𝐜𝐨𝐧 𝐮𝐧 𝐬𝐨𝐥𝐨 𝐟𝐫𝐞𝐧𝐭𝐞

Pero sería ingenuo pensar que la gastronomía, por sí sola, puede compensar el endurecimiento jurídico que vive hoy el Mediterráneo. El politólogo Sami Naïr, uno de los grandes pensadores europeos de las migraciones y los asuntos mediterráneos, lleva años insistiendo en que la estabilidad democrática de la cuenca no puede sostenerse solo sobre acuerdos de control fronterizo y externalización de fronteras, la lógica que ha guiado buena parte de la política europea desde los Acuerdos de Schengen hasta el actual Pacto de Migración y Asilo. Naïr reclama una «fraternidad» construida desde abajo, desde el reconocimiento de una historia compartida, que necesariamente se libra en muchos terrenos a la vez: el cultural, el económico, el educativo y, también, el de la mesa.

En esa misma dirección apunta 𝐉𝐚𝐯𝐢𝐞𝐫 𝐝𝐞 𝐋𝐮𝐜𝐚𝐬, catedrático emérito de Filosofía del Derecho y Filosofía Política en el Instituto de Derechos Humanos de la Universitat de València, y expresidente de la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). De Lucas no es una voz solo académica: este mismo mes ha comparecido ante la Ponencia de la Comisión Mixta de Seguridad Nacional del Congreso de los Diputados, en el debate sobre la regularización extraordinaria de personas migrantes, situando la discusión en el terreno de los derechos fundamentales frente a una óptica que tiende a analizar la migración únicamente en clave de seguridad. Esa misma tesis ya la había desarrollado en su libro «Mediterráneo, el naufragio de Europa» ( 2015): una década después no ha perdido vigencia. De Lucas resumía la cuestión con una frase que no necesita glosa, sabemos por qué vienen las personas que cruzan el Mediterráneo, y Europa es responsable de esa situación por acción o por omisión. Su argumento, desarrollado con rigor jurídico, sostiene que el deber de socorrer una vida humana en riesgo no puede subordinarse a la protección de las fronteras, como ha terminado ocurriendo en la práctica con la arquitectura legal levantada por la Unión Europea desde Schengen.

Leídas juntas, ambas voces dejan un mensaje claro: la crisis del Mediterráneo no se resuelve en un único frente. Hace falta presión jurídica y política, como la que ejercen De Lucas o las organizaciones de derechos humanos; hace falta pensamiento crítico, como el que ha sostenido Naïr durante dos décadas; y hace falta, también, un trabajo cultural y cotidiano que reconstruya el vínculo entre las dos orillas desde la base, antes de que llegue a los tribunales o a los reglamentos europeos. Es en ese tercer frente —el de la cultura material, el de lo que se siembra, se pesca y se cocina— donde el manifiesto de la Ruta Mare Nostrum encuentra su lugar y su utilidad: no como sustituto de la batalla jurídica y política, sino como complemento necesario, el que se libra en el mercado, en el restaurante y en la sobremesa.

𝐌𝐞𝐝𝐢𝐭𝐞𝐫𝐫𝐚𝐧𝐞𝐢𝐳𝐚𝐫 𝐥𝐚 𝐦𝐞𝐬𝐚 𝐞𝐧 𝐭𝐢𝐞𝐦𝐩𝐨𝐬 𝐝𝐞 𝐞𝐭𝐢𝐪𝐮𝐞𝐭𝐚𝐝𝐨 𝐲 𝐝𝐞 𝐟𝐫𝐨𝐧𝐭𝐞𝐫𝐚

El contexto regulatorio europeo actual añade una capa adicional a esta reflexión, y no solo en materia migratoria. En España, se ha presentado en 2026 una iniciativa para reforzar la promoción de la dieta mediterránea y avanzar hacia un etiquetado nutricional común frente al auge de los alimentos ultraprocesados, en un debate europeo que carece todavía de una definición legal armonizada de qué es un «ultraprocesado». Es un síntoma más de una tensión de fondo: mientras la Unión Europea discute cómo proteger la salud pública mediante normas técnicas —el reglamento «de la granja a la mesa», el marco Food2030, la nueva Política Agraria Común—, el otro gran instrumento europeo del momento, el Pacto de Migración y Asilo, avanza en sentido contrario en lo que respecta a la movilidad de las personas que, precisamente, sostienen con su trabajo agrícola y pesquero buena parte de esa misma cadena alimentaria mediterránea.

Frente a esa contradicción, «𝐦𝐞𝐝𝐢𝐭𝐞𝐫𝐫𝐚𝐧𝐞𝐢𝐳𝐚𝐫» 𝐥𝐚 𝐦𝐞𝐬𝐚 𝐢𝐦𝐩𝐥𝐢𝐜𝐚 𝐚𝐥𝐠𝐨 𝐦𝐮𝐲 𝐜𝐨𝐧𝐜𝐫𝐞𝐭𝐨: 𝐫𝐞𝐜𝐮𝐩𝐞𝐫𝐚𝐫 𝐥𝐚 𝐞𝐬𝐭𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐲 𝐞𝐥 𝐩𝐫𝐨𝐝𝐮𝐜𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐩𝐫𝐨𝐱𝐢𝐦𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐜𝐨𝐦𝐨 𝐚𝐜𝐭𝐨 𝐝𝐞 𝐫𝐞𝐬𝐢𝐬𝐭𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐟𝐫𝐞𝐧𝐭𝐞 𝐚 𝐥𝐚 𝐮𝐧𝐢𝐟𝐨𝐫𝐦𝐢𝐝𝐚𝐝 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐦𝐢𝐝𝐚 𝐢𝐧𝐝𝐮𝐬𝐭𝐫𝐢𝐚𝐥 𝐠𝐥𝐨𝐛𝐚𝐥𝐢𝐳𝐚𝐝𝐚, esa misma uniformidad que termina por hacernos más extraños los unos a los otros; construir menús de «fronteras abiertas» que mezclen técnicas e ingredientes de ambas orillas, devolviendo al plato la memoria histórica del comino, el cilantro o la canela junto al producto local; y blindar, como reclama el cuarto punto del Decálogo de la Ruta, 𝐥𝐚 𝐜𝐚𝐝𝐞𝐧𝐚 𝐝𝐞 𝐯𝐚𝐥𝐨𝐫 𝐝𝐞𝐥 𝐩𝐞𝐪𝐮𝐞𝐧̃𝐨 𝐩𝐫𝐨𝐝𝐮𝐜𝐭𝐨𝐫 𝐚𝐫𝐭𝐞𝐬𝐚𝐧𝐚𝐥, 𝐬𝐢𝐧 𝐞𝐥 𝐜𝐮𝐚𝐥 𝐧𝐢𝐧𝐠𝐮𝐧𝐚 𝐬𝐨𝐛𝐞𝐫𝐚𝐧𝐢́𝐚 𝐚𝐥𝐢𝐦𝐞𝐧𝐭𝐚𝐫𝐢𝐚 𝐞𝐬 𝐬𝐨𝐬𝐭𝐞𝐧𝐢𝐛𝐥𝐞.

Ninguna de estas acciones resuelve por sí sola el problema de un Pacto de Migración y Asilo que organizaciones de derechos humanos consideran regresivo, ni sustituye el trabajo jurídico y político que reclaman De Lucas o Naïr. Pero ofrece algo que ningún reglamento puede legislar: la evidencia cotidiana, servida tres veces al día, de que comer lo mismo —el mismo aceite, el mismo trigo, la misma sal— nos ayuda a pensar lo mismo. 𝙀𝒏 𝒖𝙣 𝙈𝒆𝙙𝒊𝙩𝒆𝙧𝒓𝙖́𝒏𝙚𝒐 𝒒𝙪𝒆 𝒍𝙖 𝙣𝒐𝙧𝒎𝙖𝒕𝙞𝒗𝙖 𝙚𝒖𝙧𝒐𝙥𝒆𝙖 𝙞𝒏𝙨𝒊𝙨𝒕𝙚 𝙚𝒏 𝒄𝙤𝒏𝙫𝒆𝙧𝒕𝙞𝒓 𝒆𝙣 𝙛𝒓𝙤𝒏𝒕𝙚𝒓𝒂, 𝙤𝒃𝙨𝒆𝙧𝒗𝙖𝒕𝙤𝒓𝙞𝒐𝙨 𝙘𝒐𝙢𝒐 𝒍𝙖 𝙍𝒖𝙩𝒂 𝑴𝙖𝒓𝙚 𝙉𝒐𝙨𝒕𝙧𝒖𝙢 𝙧𝒆𝙘𝒖𝙚𝒓𝙙𝒂𝙣 𝙦𝒖𝙚 𝙚𝒔𝙚 𝙢𝒂𝙧 𝙩𝒂𝙢𝒃𝙞𝒆́𝙣 𝙥𝒖𝙚𝒅𝙚 𝒔𝙚𝒈𝒖𝙞𝒓 𝒔𝙞𝒆𝙣𝒅𝙤, 𝒄𝙤𝒎𝙤 𝙡𝒐 𝒇𝙪𝒆 𝒔𝙞𝒆𝙢𝒑𝙧𝒆, 𝙪𝒏 𝒑𝙪𝒆𝙧𝒕𝙤 𝙖𝒃𝙞𝒆𝙧𝒕𝙤, 𝒚 𝒒𝙪𝒆 𝒅𝙚𝒇𝙚𝒏𝙙𝒆𝙧𝒍𝙤 𝙧𝒆𝙦𝒖𝙞𝒆𝙧𝒆 𝒂𝙘𝒕𝙪𝒂𝙧 𝙚𝒏 𝒕𝙤𝒅𝙤𝒔 𝒍𝙤𝒔 𝒇𝙧𝒆𝙣𝒕𝙚𝒔 𝒂 𝒍𝙖 𝒗𝙚𝒛.

Porque las fronteras cambian con los siglos. Los reglamentos se modifican. Los gobiernos pasan. Incluso los imperios desaparecen.

Lo que permanece es aquello que una civilización decide compartir.

Y 𝐞𝐥 𝐌𝐞𝐝𝐢𝐭𝐞𝐫𝐫𝐚́𝐧𝐞𝐨, 𝐚𝐧𝐭𝐞𝐬 𝐪𝐮𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐟𝐫𝐨𝐧𝐭𝐞𝐫𝐚, 𝐟𝐮𝐞 𝐬𝐢𝐞𝐦𝐩𝐫𝐞 𝐮𝐧𝐚 𝐦𝐞𝐬𝐚.


P.D.- Gracias a mi hermano José Colsa Salieto, por facilitarme datos y textos necesarios para este articulo