La gastronomía que ya no necesita disfrazarse.
Editorial de Catas de Arte
Por Beto Navarro
Director y crítico gastronómico internacional de Catas de Arte | Presidente de Ruta Mare Nostrum
Hay un momento en la vida de toda disciplina en el que el ruido comienza a cansar. Llega entonces la hora de retirar el decorado, apagar los focos innecesarios y mirar de frente aquello que permanece cuando termina el espectáculo.
En gastronomía, ese momento ha llegado.
Durante años hemos asistido a una carrera vertiginosa por sorprender: platos imposibles, conceptos efímeros, discursos grandilocuentes, técnicas convertidas en espectáculo y una obsesión creciente por aparecer en el mapa de los grandes reconocimientos. Pero una pregunta empieza a abrirse paso entre tanto ruido:
¿Qué queda cuando desaparece la estrella?
Queda el producto. Queda el territorio. Queda el oficio. Queda la memoria. Y queda, sobre todo, la verdad de quien cocina.
He tenido la oportunidad de contemplar esa verdad en algunos de los grandes escenarios gastronómicos del mundo: desde la pureza mediterránea de Quique Dacosta hasta la lectura radical del territorio de Central —con Virgilio Martínez en Lima—, o la naturaleza convertida en discurso culinario de Boragó —con Rodolfo Guzmán en Santiago de Chile—. Son cocinas diferentes, culturas diferentes y paisajes diferentes. Sin embargo, hay algo que las une: ninguna necesita disfrazarse de otra cosa.
Cuando el oficio vuelve a ocupar el centro
Quizá por eso la evolución de Gastrónoma 2026 merezca una lectura que vaya más allá del calendario y de la programación. Bajo la dirección de Alejandro Roda, desde el 26 al 28 de Octubre del 2026 presenta la Feria Gastronómica del Mediterráneo en Valencia España, en esta edición ha decidido profundizar en su vocación profesional y situar en el centro a quienes sostienen diariamente la gastronomía: productores, cocineros, distribuidores, hosteleros y profesionales de toda la cadena de valor.
No es una cuestión menor. Cuando un sector decide reservar sus jornadas profesionales de lunes a miércoles, está enviando un mensaje claro: quiere hablar con quienes trabajan, encontrarse con quienes producen y generar negocio, conocimiento y relaciones profesionales. Demuestra que la gastronomía merece ser contemplada no solo como un espectáculo, sino como una industria cultural y económica de enorme profundidad.
Una mesa con muchas voces
Hay otra cuestión que considero esencial: la gastronomía necesita conversación. No basta con cocinar; hay que pensar, escuchar, discutir y, sobre todo, contar.
La confluencia de perfiles como Paco Pérez, Luis Lera, Julieta Caruso o Sacha Hormaechea demuestra que la cocina contemporánea puede expresarse desde lugares muy diferentes sin perder profundidad. Mar, territorio, memoria, cosmopolitismo, producto y hospitalidad forman parte de un mismo diálogo.
«Una gastronomía sin relato corre el riesgo de convertirse en una sucesión de platos. Y un plato sin contexto puede emocionar durante unos minutos; una cultura gastronómica, en cambio, permanece durante generaciones.»
Por ello, una cocina que aspire a trascender necesita también de periodistas, divulgadores y analistas capaces de interpretar lo que sucede. Alexandra Sumasi, Fernando Huidobro, Alberto Granados, Jorge Guitián o María Ritter representan precisamente esa otra parte del ecosistema: la palabra.
La gran cocina no termina en la cocina
Hay una idea que debería resultar evidente y que, sin embargo, no siempre lo ha sido: un gran restaurante no es únicamente un gran cocinero. Es también un buen pan, una sala que sabe recibir, una copa servida con criterio, un vino que encuentra su lugar, un café que no rompe la experiencia, un postre que sabe cuándo llegar, una conversación, un silencio y un tiempo.
Por eso resulta especialmente significativa la reivindicación de los oficios que acompañan al plato. La masa madre, la repostería, la sumillería y el café recuperan el lugar que les corresponde dentro de una experiencia gastronómica completa. La excelencia nunca ha sido una suma de individualidades; es una sinfonía, y cuando una de sus notas desafina, el comensal lo percibe.
La gastronomía también es territorio
El respaldo institucional que acompaña a Gastrónoma 2026 refleja una realidad que conviene subrayar: la gastronomía no vive aislada. Depende de agricultores, pescadores, ganaderos, productores, distribuidores, restaurantes, hoteles, escuelas, profesionales de la comunicación y administraciones.
El apoyo de Turisme Comunitat Valenciana, la Conselleria d’Agricultura, Ganadería y Pesca, las diputaciones de Alicante, Castellón y Valencia, Visit València y CaixaBank, junto a Feria Valencia y las organizaciones profesionales del sector, muestra la dimensión colectiva que ha adquirido este ecosistema. Hablar de gastronomía es hablar de economía, pero también de cultura. Y hablar de cultura es hablar de identidad.
El problema de parecerse demasiado
Quizá una de las grandes paradojas de la gastronomía contemporánea sea que, cuanto más global se vuelve, mayor es el riesgo de que todos terminemos hablando el mismo idioma. Las tendencias viajan, las técnicas viajan, los conceptos viajan y los formatos viajan. A veces, las mismas ideas se reproducen una y otra vez en restaurantes separados por miles de kilómetros.
Ahí aparece el verdadero desafío: no consiste en hacer algo que nadie haya hecho jamás, sino en hacer algo que solo pueda haber sido hecho por nosotros. Eso es identidad. Y la identidad no se compra, no se decora ni se fabrica para una temporada; se construye lentamente con producto, territorio, memoria y oficio.
El Mediterráneo no es una etiqueta
Desde Ruta Mare Nostrum defendemos una idea sencilla: el Mediterráneo no es solamente un lugar, es una manera de mirar. Es la luz, el tiempo, el producto, la proximidad y la memoria transmitida de generación en generación. Es la capacidad de convertir la sencillez en excelencia sin necesidad de ocultarla bajo artificios.
Por eso el Mediterráneo tiene todavía mucho que decir en la conversación gastronómica internacional. No porque necesite competir con nadie, sino porque posee una identidad propia. En un mundo gastronómico cada vez más uniforme, la identidad se convierte en el verdadero lujo.
Después de la estrella
Las estrellas Michelin y los Soles Repsol seguirán importando, al igual que las listas internacionales mantendrán su capacidad para proyectar restaurantes y cocineros. Sin embargo, ningún reconocimiento debería convertirse en el destino final.
- Una estrella señala; no explica.
- Una lista ordena; no define.
- Un premio reconoce; no sustituye a la identidad.
La verdadera pregunta, por tanto, no debería ser cuántas estrellas tiene una casa, sino qué historia cuenta, de dónde procede, qué producto defiende, qué territorio representa, qué memoria conserva y qué aporta al futuro. Ahí empieza la verdadera conversación.
La responsabilidad de nuestro tiempo
Gastrónoma 2026 puede ser leída como algo más que un encuentro profesional: puede interpretarse como el síntoma de una gastronomía que comienza a mirar más allá del escaparate. Una gastronomía que comprende que el futuro no está necesariamente en hacer más ruido, sino en tener cosas más verdaderas que decir.
Desde Catas de Arte queremos seguir defendiendo esa mirada. La gastronomía como cultura, como territorio, como oficio, como memoria, como creación y, sobre todo, como verdad.
Porque cuando el último foco se apaga, cuando desaparece el aplauso y cuando dejamos de mirar las estrellas, solo queda una pregunta: ¿había algo verdadero detrás del plato?
Si la respuesta es sí, estamos ante algo mucho más importante que un premio: estamos ante una obra. Y quizá esa sea la verdadera alta cocina.
GASTRÓNOMA
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